Ante el peligro

Hace un tiempo, escribí un artículo sobre la confianza en los niños, en el que ponía de relieve la importancia de dejar a los niños equivocarse, ponerse a prueba a ellos mismos, y confiar en que ellos sabrán pedir ayuda cuando lo necesiten. Sin embargo, vivimos en un mundo repleto de regulaciones de seguridad infantil cada vez más severas. Nos parece que todo es peligroso (para ellos), y por ello, los límites de lo que definimos como “zona de seguridad” se hacen cada vez más pequeños (“no toques eso”, “no te acerques ahí”, “cuidado con eso otro”…), aislando así a nuestros niños de valiosas oportunidades para aprender a interactuar con el mundo que los rodea. 

Sobreprotegiéndoles, les estamos transmitiendo una idea tan irreal como desnaturalizada del mundo en el que se encuentran (¿tan horrible es?), por no hablar del miedo que les infundimos con cada una de nuestras intervenciones (que son muchas…). Además, a pesar de nuestras advertencias y esfuerzos, los niños siempre se las ingenian para averiguar cómo hacer las cosas más peligrosas que pueden. Y resulta paradójico que, cuanto más les insistimos, menos siguen nuestras indicaciones y consejos. ¿Acaso creemos que se les ha olvidado lo que les dijimos 10 minutos antes?

Al contrario de lo que comúnmente creemos, los niños actúan con mayor sensatez cuanto más libres se sienten. Y es que es esa libertad la que les permite explorar y descubrirlo por ellos mismos. Porque lo que aporta seguridad y confianza no es la evitación, sino el conocimiento, y la mejor forma de no hacerse daño es aprender a diferenciar entre lo que es peligroso y lo que debe hacerse con cuidado. Como dice Francesco Tonucci: “Un niño despierto evita el peligro porque aprende a detectarlo”.

Por eso, Gever Tulley anima en su libro (50 cosas peligrosas (que deberías dejar hacer a tus hijos)a introducir algo de riesgo de forma supervisada, acompañándoles y dándoles seguridad para que sean capaces de reconocerlo y aprendan a cuidar de sí mismos.

Ante el peligro, conocimiento.

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