Laura Malavasi: “Soy una persona que sigue jugando”

Pedagoga, formadora y consultora de proyectos de formación y de coordinación pedagógica para servicios de 0 a 6 años en Italia.

Esta trayectoria profesional tan extensa, ¿de qué te sirve a la hora de trabajar con niños y niñas durante el día a día?

¡Trabajar con niños ha sido mi suerte! Yo soy una persona inquieta, y siempre he buscado situaciones que me pusieran a prueba. He trabajado en situaciones difíciles y diferentes y con profesionales diferentes. He trabajado durante muchos años con arquitectos, con diseñadores … Todo esto me ha enriquecido y me ha puesto en la situación de tener que afrontar otras culturas, saberes y disciplinas intentando encontrar cambios de comuniones y divisiones, lo que me ha llevado a tener una visión muy contemporánea. He aprendido mucho buscando de abrirme a tantas materias y disciplinas como he podido, no sólo la psicología y la pedagogía. ¡Siempre estoy aprendiendo!

¿Y cómo has llegado hasta el tema del juego después de tanta carrera?

Estando mucho con niños y niñas. Yo siempre he entendido que formar y ser pedagoga debe hacerse fuera del trabajo y dentro la escuela. Siempre he estado muy cerca de los niños, mirándolos con mucha curiosidad. Buscando encontrar significado a lo que hacen y esperando que sean ellos los que me cuenten las cosas, he entendido que efectivamente la dimensión del juego, la dimensión del jugar cada día, de lo cotidiano, la dimensión de aprender con el hecho de jugar y hacer la cosa más natural del mundo es probablemente la situación más profunda y algo que todos necesitamos hoy en día. Porque volviéndonos grandes, volviéndonos adultos, nos arriesgamos a perder la dimensión del juego pensando que hay cosas más importantes, y esto nos aleja mucho.

¿Los adultos no jugamos?

Jugamos poco porque pensamos que nos volvemos personas poco serias, poco profesionales. Si juegas, no haces cosas serias. Esto gira las cartas de mi ser: yo soy una persona que sigue jugando, me divierto mucho y busco divertirme. Busco no tomarme las cosas demasiado en serio, soy muy irónica, porque la ironía es una dimensión del juego inteligente y culta. Los adultos pierden el hábito y lapredisposición al juego porque se vuelven adultos, porque se vuelven grandes, y volverse grande significa que asumes un nuevo riesgo: si trabajas mucho con la cabeza, acabas haciendo sólo cosas muy cerebrales y se pierden todas las otras dimensiones de la persona. En realidad, el juego es la experiencia humana transcultural e intercultural que mantiene el mundo unido.

Sabiendo esto, ¿por qué centras tu trabajo y tus cursos en los niños y no en los adultos?

¡Se inscriben muchas menos personas! El juego requiere un clima, un entendido, una comunidad y la disponibilidad de ponernos juntos y en modo de juego. Jugar desvela mucho, explica mucho de nosotros, y este es uno de los problemas más grandes para los adultos. Los adultos no quieren explicarse. Jugar te expone mucho desde un punto de vista emotivo, explica mucho de cómo eres, y nadie de nosotros quiere estar así de descubierto y vulnerable. Los adultos prefieren inscribirse en cursos, participar y estar en situaciones más seguras en que estoy sentado, escucho, se me cuentan cosas, tomo apuntes, voy a casa pero nadie me ha pedido que me implique. El juego es una dinámica donde uno se pone de verdad en discusión.

El mundo en que viven los niños y niñas sigue siendo un mundo de adultos: profesores, maestros, familias… ¿Esto hace que la dimensión del juego cada vez se vea más reducida para que los adultos se centren en hacerles aprender y estudiar?

Yo digo siempre que es difícil ser niño hoy en día porque el espacio de experiencia, experimentación y posibilidades se está reduciendo constantemente. En general la cultura y el mundo en que vivimos es un mundo que tiende a ser cada vez más rápido. Tiende a requerir a los niños y niñas más competencias, más saber, siempre requerimientos para que se vuelvan alguien importante, alguien que sabrá muchísimas cosas. En Italia hay un dicho: «No pierdas el tiempo, para de jugar.» Yo pienso que jugar no significa perder el tiempo sino ganarlo.

¡Necesitamos una revolución cultural! Es necesario que a los adultos se les recuerde que han sido niños. Es una esperanza. En el momento en que me encuentro con familias o con profesores y los hago recordar cómo eran de niños y vuelven a las memorias de su infancia, siempre los vienen a la cabeza los momentos en que jugaban. Lo que recordamos de cuando éramos criaturas son los recuerdos bonitos, que todos tenemos en común, que nos vuelven al polvo de este adulto que a menudo es rehén…

Tenemos que empezar a ver el juego como la situación más seria, profunda y culta, dentro de la cual entran muchísimos aprendizajes. Hasta que no nos sacamos de la cabeza que el juego es el recreo y que las cosas serias son las que haces en clase, en la mesa, siempre tendremos dos mundos que no conseguirán entenderse nunca. Porque es como si pensáramos que las cosas serias, aquellas que te sirven en la vida para ser alguien importante, son aquellas que aprendes dentro de clase, cuando en realidad todos aprendemos, sea cual sea la situación, dentro y fuera. profunda y culta, dentro de la cual entran muchísimos aprendizajes.

¿Qué es más difícil: cambiar la filosofía del sistema o cambiar la mentalidad de los padres?

Yo creo que las familias lo tienen que entender. Necesitamos encontrar situaciones educativas que acompañen, que no tengan ninguna presunción de saber, pero que tengan el deseo de acompañar y tener las familias cerca del proyecto. De esta manera las familias se vuelven menos resistentes. El riesgo, sin embargo, es que la escuela utilice las familias como escudo y como excusa para anclarse y no querer ofrecer resistencia. Porque estar cerca de un niño que juega y jugar con él significa a menudo hacer más esfuerzo: utilizar otro lenguaje, implicarse … Es más difícil que estar detrás de un escritorio y transmitir información. Yo tengo mucha esperanza, en esto, tanto en el bando de las familias como en el de las escuelas. Yo creo que es posible cambiar de verdad, es tanto un deseo como una necesidad. Mi historia con las familias es siempre la misma: cuando consigues tenerles cerca se sienten conectados y te acompañan.

Ahora aquí en Cataluña se vive un momento en que hay una necesidad de innovación y parece que tengamos que pasar el día jugando. ¿Qué consejo darías a los centros y profesionales a la hora de hacer este cambio?

Yo creo que la innovación debe basarse en la historia que tiene cada uno. No creo en las situaciones exasperadas en que se tira todo y se empieza de cero. Creo en las situaciones que de verdad encuentran el equilibrio: a partir de la forma de hacer que tenemos, con la que hemos crecido y nos hemos vuelto profesionales, vamos insinuando pequeños dilemas y situaciones que te hacen sentir que no avanzas y te obligan a ver las cosas de un modo diferente. Porque la pregunta que nos podemos hacer es: si renunciamos a todo lo que hemos estado haciendo hasta ahora, si sacamos las mesas y las sillas y jugamos todo el día, tendremos que saber hacer.

Todo lo nuevo siempre es fascinante, pero el nuevo también puede tener pegas, porque hay que saber hacer. Jugar todo el día puede ser eso que estamos diciendo aquí pero también puede ser una situación de mala praxis, porque para jugar todo el día se debe tener la capacidad de pensar e imaginar y conseguir estar en una situación que le dé significado al juego, si no ya es otra cosa. Es una cuestión de equilibrio, porque la tentación de ir hacia el nuevo es fortísima. Nosotros tenemos el deseo de cosas diferentes, pero también tenemos una responsabilidad de no ceder a la tentación.

Existe el riesgo de que jugar todo el día se vuelva una moda pedagógica: «la última moda pedagógica». Pero nosotros no queremos que sea una moda pedagógica, hablamos de algo que se ha de arraigar en nuestro saber y en nuestro saber hacer. Esto requiere pequeños pasos. Ha habido escuelas que se han lanzado a modas pedagógicas y que después de unos años no saben qué más hacer, y al final se vuelve a hacer lo que se hacía al principio pero peor.

¿Dónde está el equilibrio entre el juego y la disciplina?

Jugar bien requiere mucha disciplina. Los juegos están hechos de reglas y normas. El juego anima a la cooperación, el respeto… El juego tiene una dimensión fuertemente ética. En los juegos se construyen pactos, reciprocidades. Cada uno debe tener claro su rol; si no se tiene claro esto, el juego no funciona.

En todo esto el adulto, ¿dónde debe ser? ¿Dónde se debe colocar?

El adulto es un bailarín. Es una danza, y como en toda danza das un paso adelante y uno atrás. Tú tienes que saber cuáles son las necesidades del niño, y tienes que saber cuando estuvo cerca, cuando estar juntos y cuando estar detrás de él. Tu objetivo es que el niño sea autónomo y aprenda a volar. Es difícil, porque el juego es contagioso, pero no hay protagonismo, es una danza colectiva, la hacen todos juntos. Es como si el paso del adulto fuera siempre ir y volver. Voy, me acerco, pero luego miro, espero, sirvo, recojo y devolveré. Visto así es algo que tenemos que hacer siempre juntos.

Fuente (entrevista original): El Diari de l’Escola d’Estiu

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